Una puerta abierta

Un sábado de agosto llegué a una ciudad de Suiza para visitar a un amigo.  Arrastraba ese día mi cuerpo pesadamente. Tomé el pequeño autobús junto a la estación de trenes.  Me dejo frente a la casa 38 de la Avenida D. Levanté los ojos: ante mí la puerta cerrada de la casa parroquial.  Apreté el timbre.  A su sonido, ronco como mi garganta vieja, nadie respondió.   Toqué la segunda y la tercera vez, y por fin apareció una señora, no por la puerta sino por el callejón, y no para abrir la puerta, sino para decirme que no, que no estaba allí mi amigo.  Que lo podía esperar.  Y me puso a esperar a mi amigo: fuera, no me había invitado a entrar.  Di unas vueltas.  Las calles estaban desiertas y todas las puertas cerradas.  Era un barrio residencial.  Entonces, me detuve, con las manos en los bolsillos, alcé la cabeza, miré a lo largo de la calle y me sentí solo.  El cuerpo me pesaba.  Me pregunté a mí mismo, qué debía hacer.  La respuesta vino automáticamente: irme a un bar.  Lo encontré a unos 10 metros.  Se llamaba “el porvenir”.  La puerta estaba abierta y entré.   Me recibió una señorita con su sonrisa de negocio y un buenos días, como pronunciado por máquina, de esas que funcionan cuando usted le aprieta un botón.

  • Una limonada, por favor.-

Me senté y crué las piernas.  Me sentí de nuevo solo.  Pero había gente.  Gente que hablaba y fumaba cigarrillos y tomaba cerveza.  Había calor humano. Si. Se respiraba calor humano, pesado, agobiante, cargado tal vez de muchas penas y miserias humanas, que revoleteaban entre el humo de los cigarrillos y se zambullían de vez en cuando en los vasos de cerveza.

Llegó la limonada y un papelito que decía: -“Un franco”.  Tomé el vaso y probé.  Me cayó bien.  Quise hacer el comentario, pero las palabras se quedaron en la puerta de los labios.  Tres sillas vacías no pueden sonreírme cuando les diga: “Que sabrosa está esta limonada”. Con el vaso aun en las manos respiré hondamente.  Por mis narices entró precipitadamente una parte de eso humano que aquella gente, a quienes nunca había visto en mi vida.  Pero sentí una pena honda, pienso que debí haber puesto una cara muy seria y haber tomado aire de hombre pensador -,entonces, aun con el vaso en las manos y con las piernas cruzadas, empecé a reflexionar:

-Estos que están aquí deben ser solos de la vida.  Ellos como yo hoy, han venido aquí, porque no han encontrado una puerta abierta que los acoja. Y me puse a pensar en los cristianos.

-Abrir la puerta de nuestro corazón a los demás.  Acogerlos calurosamente, no con una sonrisa de oficinista o “un buenos días” de comerciante.  He ahí nuestro papel.

Yo sentí pena también de nosotros los que nos llamamos cristianos solos, porque no acogíamos a los que venían a nosotros buscando un caluroso abrazo – solamente eso: una acogida, un pedacito de comprensión y nosotros, nosotros no les habíamos abierto los brazos.

Tomé la limonada.  Tal vez fue un gesto instintivo tratar inútilmente de ahogar el sentimiento de nuestras culpas.

-Sobre todo a los pobres, seguí pensando, a los que terminan fatigados en el cuerpo y en el alma, por su trabajo al caer la tarde, y también a las amables Magdalenas.  Ellos, ellos, y – aquí mi pensamiento se sintió un orador sobre la tribuna-: ellos son los que llenan estos bares, porque no tienen otra puerta amiga que los acoja.  Solo encuentran esta puerta abierta, y por ella se precipitan, en tropel, casi desesperados.

De nuevo empecé a oír poco a poco las voces confusas de la gente que hablaba y hablaba.  Me parecía que emergía lentamente de las profundidades del mar, como un buzo que pasó largo tiempo paseándose en sus abismos, tratando de comprender secretos.  Moví suavemente la cabeza, y me encontraba de nuevo en el bar… y me sentí solo.  Y he aquí que de pronto comprendí que aquella no era una casa amiga.  Era un refugio.  Una fuerza extraña se movió de prisa y salí rápidamente.  Como por arte de magia, ya en la calle,  me sentía aliviado, y respiraba mejor.  Me detuve y contemplaba la puerta del bar, cuando descubrí mi mano apoyada sobre el letrero: “El Porvenir”.-  Y exclamé sentencioso: no bar,  no debes llamarte “Porvenir”, porque no lo eres.  No eres esperanza de nadie.  Tú debes estar allí, encima de aquella puerta, no en medio de la calle porque eres una falsa señal. Pero debes cambiar tu nombre… Déjame ver… tu nombre es: “La Puerta del Refugio”.- Anda, muévete, cambia de nombre, y móntate allí encima.-

Como satisfecho de mi conclusión, alcé la cabeza, me ajusté el saco, me sentí reanimado y me dirigí de nuevo a la Casa Parroquial.  Mi esperanza era encontrarla abierta y que en ella me esperaran los brazos abiertos de mi amigo, también abiertos para acogerme.

Y cuando iba caminando por las calles y veía las puertas cerradas, soñé.  Soñé que todas esas puertas se abrirían y que en una larga fila de gente sola entraba por ellas. Mas aun me parecía que todo era realidad.  Me pareció que ya las puertas estaban abiertas. ¿Qué vi? Unas personas felices y sonrientes, porque eran recibidos. Y oí detrás de mí las puertas de los bares de refugio que se cerraban estrepitosamente, casi con rabia.  Pero volví a mirar las caras sonrientes de los que abrían y de los que entraban, y ya no escuché mas ruidos.  Y me descubrí a mí mismo sonriendo y silbando una alegre canción de esperanza y de acción de gracias al buen Dios.

†RAMÓN BENITO DE LA ROSA Y CARPIO
Arzobispo Emérito

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