Caminando con los hombres

Yo era un extranjero para los demás cuando subí al autobús  de la vida para caminar con los seres humanos.

Yo fui menos extranjero, cuando nos presentaron y empezamos a cruzar saludos.  Nos volvimos conocidos en el pueblo y fuera de él nos abrazábamos con alegría al encontrarnos, aunque nuestras relaciones no eran profundas.

Luego un grupo me aceptó y te aceptó como compañeros y empezamos a intercambiar opiniones.  Nos sentamos juntos en los mimos pupitres de la escuela, participamos del mismo team de baseball y basketball y teníamos pasatiempos y paseos en común.  Era un sano y hermoso grupo de compañeros, cuyo recuerdo perdura a pesar del tiempo y de la distancia y cada encuentro ocasional conserva la frescura y emotividad de aquellos primeros años.

Hubo un momento en que sentí y sentiste la necesidad de un compromiso.  Y buscamos un club, un partido, un grupo de estudios, de acción social, cultural, una comunidad religiosa. Allí descubrimos camaradas.  Personas con inquietudes y con ideales parecidos a los nuestros, con deseos de unirse en una tarea común.  Y empezamos el trabajo en equipo.  El camarada era compañero y algo más.

Y en medio de todos ellos apareció el amigo, aquel confidente del alma en quien confiamos plenamente, pues correspondió a la confianza depositada en él con prudente y amorosa fidelidad.

Un día se me abrieron los ojos y descubrí que todo hombre es mi hermano.  Entonces, el amor universal abrió mis horizontes en mi trato con los hombres en el autobús de la vida.

Y me dije: En las relaciones humanas hay grados, teniendo cada una su valor propio.

†RAMÓN BENITO DE LA ROSA Y CARPIO
Arzobispo Emérito

 

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