Mónica

Mons. Ramón Benito de la Rosa y Carpio

La memoria de los siglos, la memoria de la Iglesia, nos trae una figura femenina en este día: Mónica.

Mónica es el modelo, el signo de una madre que se siente preocupada por un hijo muy inteligente, muy capaz, que se corrompe: su hijo Agustín, y cómo esta madre le da seguimiento a ese muchacho que permanece soltero casi hasta los 30 años. En esa época, que era toda una vida, estamos hablando del Siglo V, de los años cuatrocientos, y a esa mujer le da esa preocupación y quiere que su hijo viva valores.

Agustín fue un hombre muy inteligente, muy inquieto, que fue de secta en secta buscando la verdad y buscando cuál era la realidad, y se dio cuenta y se sintió siempre vacío, hasta que por insistencia de su mamá -cuando este muchacho, profesor, brillante y todo lo que ustedes quieran- emigra a Milán y se encuentra allí con Ambrosio, el arzobispo de Milán, y él empieza a descubrir la luz y la verdad. Agustín cambia totalmente, es una de las cabezas más brillantes de la historia, no solamente de la historia de la Iglesia Católica, de la historia humana, es un fi lósofo, un pensador, un teólogo, pero a qué se debió, a una madre que no solamente dio a luz a un hijo, sino que lo creó hasta el fi nal, hasta que alcanzara la meta que tenía que alcanzar. Mónica es una fi gura en la que están todas las madres que paren y lo siguen pariendo. Mónica merece un aplauso y merece que la recordemos cada año.

Santa Mónica, 27 de agosto. ¡Felicidades a Mónica! y felicidades a todas las madres que acompañan de esa manera a sus hijos.

Hasta mañana, si Dios, usted y yo lo queremos.