Salmo 78.

Dios mío, hace tiempo han entrado en medio de tu pueblo, han profanado el templo tuyo que es cada hombre, han reducido su dignidad a cenizas.

Echaron los cadáveres de tus hijos con tres tiros en la frente sobre las calzadas de la calle.

Derramaron su sangre como agua, corre a torrentes por los contenes: es tanta que nadie la puede enterrar.

Somos el escarnio de los pueblos vecinos la risa y la burla de los que nos rodean.
¿Hasta cuándo, Señor, hasta cuándo?

Socórrenos, Dios, Libertador nuestro, por el honor de tu nombre, por el amor que nos tienes. ¿Por qué han de decir dónde está Dios?
¿Dónde está la justicia, dónde el amor?

¿Por qué han de burlar, cínicamente, en nuestras propias caras los autores de los hechos?

Se fingen inocentes y se lavan las manos como Pilatos.

Que a nuestra vista conozca el mundo entero la venganza de la sangre de tus hijos derramadas.

Llegue a tu presencia el gemido de un pueblo que sufre. Con tu brazo poderoso salva a los condenados a muerte, porque en este país todos somos condenados a muerte.

(Tomado de mi libro «Quién liberará este pueblo»)