Época de cambios

–     Todo sigue igual: Nada ha cambiado desde el comienzo del mundo, dijo el abuelo en tono de queja, sentado en su vieja mecedora de “guano”.  Si no, miren el mundo cómo anda: guerras por todas partes, el pobre siempre hundido y el pez grande siempre comiéndose al chiquito.  A veces las aguas se revoltean un poco y parece que va a ver un cambio, pero luego vuelven a tu nivel.  No hay progreso.

–     No seas tan pesimista, papá, le respondió la hija, mientras el nieto sacaba su cabeza que la tenía metida en el libro de historia de octavo, al parecer interesado por la conversación.  No me digas que nada ha cambiado, continuó.  Fíjate en nosotros mismos:  tú eras un analfabeto que no conocía ni la “o”, pero por tu esfuerzo yo llegué hasta el quinto de la escuela rural.  Y no llegué más lejos, porque no había más cursos en ese entonces en el campo.  Pero, mira a Arturito, ya está en octavo, y ahorita comienza la normal.  Así es todo en la vida.  En todo hay progresos.  Lo que pasa es que uno no lo nota mucho, porque van muy lentos.

–     Ni tan lentos van, interrumpió Arturito.  No me acuerdo ya cuándo fue que ví un programa de televisión donde uno decía que en los últimos cincuenta años ha habido cambios más rápidos en la humanidad que los que hubo en los siglos anteriores.  Dijo también que íbamos hacia un mundo nuevo, que nadie todavía podía decir exactamente cómo iba a ser.

–     Igualmente, yo lo oí.  Nosotros, tal vez, no veamos ya ese mundo nuevo.  Pero, será a ti, hijo mío, a quien le va a tocar vivir como nadie ese mundo de cambios tan rápidos.  Tu abuelo y yo no conocimos en nuestra niñez la radio ni la televisión ni oímos hablar de justicia social y reformas agrarias.  Y mayores cambios verás.

–     Pero lo que tú no puedes olvidar en medio del cambio es que hay cosas que no cambian.  El agua es la misma, aunque hoy tengamos acueductos.  Lo espiritual tiene el mismo valor, aunque se luche por una mayor distribución de los bienes terrestres.  El amor humano ha de tener el mismo respeto, aunque haya más libertad entre los jóvenes.

– Nuestra época es como un río que nos trae un agua nueva y fresca, distinta del agua de un pozo viejo.  Pero tengo miedo de que se convierta en un río desbordado que se lleve la que no debe llevarse.

–     Hijo mío, el cambio se está dando y se dará.  Y tú debes estar metido en él y trabajar en él.  Pero no dejes que el cambio te arrastre a ti.  Domínalo tú a él, como un buen nadador domina  una fuerte”  chorrera”.

†RAMÓN BENITO DE LA ROSA Y CARPIO
Arzobispo Emérito

 

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *