El viejo y el pan

Me contó que andaba buscando trabajo. ¡Cuántos me cuentan esta pena!  Les agradezco su confianza .  Vive en casa de su hijo.  El hijo había partido hacia Verón.  Tierra cercana a la costa.  Más allá del Macao, camino de Punta Cana.  Tierra de pioneros.  Tierra dura.  Último recurso de los desesperados.   Le había dejado la mujer y la prole.  El anciano queda con una familia a cuestas, sin trabajo.  Nos sabe cuando volverá el hijo.  El que buscaba amparo en su vejez, sigue siendo amparo de su descendencia.  Hoy anda en busca de una ración de comida.  ¡Cómo renació en mi corazón la vieja esperanza de que cada hombre tenga asegurada su cuota de comida diaria!

Quise preguntarle la edad.  Y se la pregunté –

– “Nací para el nueve”, según me dice la gente.  Me miró con ojos hundidos que rebosaban bondad.  Me agradeció esa pregunta humana.

– ¿Cuántos años tengo, entonces?, me preguntó a su vez.

-“66”, le dije.  Parecía tener 80 años.  Era consciente de su realidad.

– He envejecido mucho.  A mi edad otros hombres están más fuertes que yo.  He trabajado mucho, sabe, y he sido muy enfermizo”.

“En mi país”, pensé, “no hay seguridad para el anciano.    A esa edad en otras naciones los viejos están pensionados, tienen sus últimos años asegurados y no andan buscando “un trabajito” para obtener su pan”.

Le ofrecí una taza de café.  Le ofrezco lo que tengo: mi acogida, mi conversación y una taza de café.  Me bendijo.  “Dios siempre me lo bendiga”, dijo.  Nada aprecio más que la bendición del pobre.  Es bendición de Dios.  A nada tengo más miedo que a las maldiciones y reproches del pobre.  Son maldiciones y reproches de Dios.

Lo vi marcharse con todo el peso de su cuerpo y de sus años montado sobre sus espaldas inclinadas.  En su interior llevaba su único tesoro: humanismo, ternura y dignidad.

“El hombre nuevo latinoamericano, me quedé pensando, ha de conservar el humanismo y dignidad de ese anciano y ha de revestirse de la seguridad económica y social, que le falta.  Bajo cualquier aspecto que se le mire la llegada del hombre nuevo viene necesariamente acompañada de cambios profundos y de un nuevo orden social”.

†RAMÓN BENITO DE LA ROSA Y CARPIO
Arzobispo Emérito

 

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