El comunicador.

Me contó Juan de Dios que en el pueblo había un hombre que tenía la fama de que todo lo que veía u oía lo decía.

Un día encontró a un comerciante del barrio en otro barrio con una mujer, que no era su esposa. Este le propuso: «Yo sé que todo lo que tú ves u oyes lo comunicas más adelante. Aquí tienes diez mil pesos, que era mucho dinero en esa época, para que no digas a nadie lo que has visto». El hombre aceptó.

Unos días después, volvió al comerciante y le dijo:

-«Le devuelvo sus diez mil pesos. Yo soy un hombre honrado, que me respeto a mí mismo. Usted quería callarme por paga. Pero si yo no digo eso que vi, exploto».

El comerciante respondió:
-«Tú no serás un corrupto, pero eres un chismoso».
-«Ni chismoso tampoco. El chismoso es como una cotorra, que repite cosas que ni vio, ni oyó ni puede probar. Yo soy como el buen periodista, solo comunico lo que he visto u oído y puedo probar».
-«Si no lo eres, al menos eres un revelador de secretos», dijo el comerciante.

-«Ni revelador de secretos. El Evangelio de Jesucristo afirma que no hay nada oculto que no llegue a saberse. Usted pues hizo algo que no podrá ocultar, es público, de una u otra manera. Por eso, si usted quiere que una cosa no se sepa, ni la hago ni la diga; y menos en nuestros tiempos, cuando hay celulares a la mano, que toman fotos, graban a su antojo y envían esos mensajes rápidamente en directo, con un simple «click».

+Mons. Ramón Benito de La Rosa y Carpio.