Dios me despierta.

Cuando yo era niño, Dios me despertaba con el canto del gallo, en las mañanas lluviosas de mayo o en las secas del verano.

Cuando, siendo adolescentes, me tecnologicé, Dios me despertaba con un reloj despertador, en la época del cambio climático de fines del siglo XX, en la que ya no sabía cuáles mañanas serán lluviosas o cuáles no.

Cuando de joven, me enamoré, entonces, Dios me despertaba con los pasos de mi amada, al caminar ella sobre el piso de tablas de pino sin alfombras.

Cuando me sentí poeta, la voz despertadora de Dios eran las avecillas de las 5:45 de la mañana o las que se despertaban junto con el sol, tanto en el campo como en la ciudad.

Cuando duermo a la orilla del mar, me despierta Dios con el sordo retumbar de las olas que lo invaden todo; sí, las mismas olas que me dieron inmensa paz para dormir tranquilo durante la noche, tocan a la ventana de mi habitación con potente sonido para despertarme por mandato de Dios.

Cuando estoy en mi habitación, me despierta Dios con el aroma del café de la mañana, recién colado, que Él mismo me trae en una bandeja portada por alguien que me ama.

Cuando ya no uso despertador, nunca me atraso al despertar, porque Dios me despierta, siempre a tiempo, mediante las almas del purgatorio, por un pacto para este fin, que firmé con ellas con la anuencia de Dios.

Mons. Ramón Benito de La Rosa y Carpio.