Aduana.

En un encuentro de amigos desde los años jóvenes, uno de ellos dijo en voz alta: «Mons. Pepén y tú con su educación moral me echaron a perder. Si no fuera por eso, yo sería rico ahora. Estoy dirigiendo un puesto de aduanas y soy incapaz de cogerme un peso o aceptarlo. Y lo peor de todo esto es que muchos de los que trabajan conmigo me atacan, porque no les permito hacer lo que ellos quisieran hacer».

Al oír este testimonio, otro de ellos, médico, dotado de buen sentido del humor, exclamó: «Pero tú no eres el único! ¡Qué mala suerte la nuestra! Es verdad, nos echaron a perder.
Mira uno por uno a los que están aquí. Todos nosotros pudiéramos tener mucho dinero, pero no somos capaces de corrompernos».

El grupo explotó en una carcajada sonora.