Vacaciones con sentido.

Hace rato se instaló el verano y, con él, ya muchas personas –sobre todo, los estudiantes de casa– están de vacaciones. Lo que se resume en ocio: tiempo para no hacer nada. Pero esto es, también, una dificultad para las amas de casa, que sí están haciendo algo, siempre, en casa –a las que les vendría bien una ayuda– y para los que les corresponde mantenerse en sus puestos de trabajo. El mundo del comercio no nos la pone fácil, publicitando “vacaciones de ensueño” que, para muchos, son inalcanzables.

En realidad, las vacaciones son un “detente” en el ritmo siempre más acelerado de la vida. De hecho, la palabra viene de del latín vacare, que significa dejar las actividades normales para concentrarse en algo diferente. Y esto es necesario para nuestro equilibrio, para estar bien. ¿Cómo aprovecharlas, más allá del aparente caos, de los viajes agotadores, el acostarse tardísimo y levantarse cuando el sol está bien alto?

Creo que es importante comprender que el equilibrio se restablece cuando dedicamos tiempo al reposo. Sí, a ese “dejar posar” todo eso que viene agitando nuestra vida ordinaria, para poder ver con claridad en la profundidad de nuestra existencia. Para poder captar qué nos está sucediendo, ver el sentido de nuestro camino cotidiano y decidirnos a vivir la vida, no a pasar por ello.

Una parte importante es atender nuestro cuerpo: desintoxicarlo de tanta comida nociva que le damos, fruto de las prisas laborales. Aprovechar para hacer esa visita al médico o al dentista, siempre dejada para lo último. Dormir en los horarios correctos, sin excesos y sin carencias. Disfrutar de una buena ducha… la armonía comienza por el trato respetuoso y cariñoso de nuestro cuerpo, templo del Espíritu Santo.

Pero nuestra interioridad también necesita ser nutrida. Y así como nos desintoxicamos de comidas y bebidas, necesitamos limpiarnos del ruido y de la bulla. Encontrar espacios de silencio regenera las células del cerebro, dicen los neurólogos. Disfrutar de la naturaleza tan hermosa que poseemos y de sus sonidos naturales. Y si vas con la familia, puedes hablarles de este deseo de “vacaciones diferentes” y pedirles su ayuda.

Ahora, quizás, apagamos los ruidos externos y nos topamos con los internos. Ante eso, ¿qué hacer?

Busca conversar. Conversa sobre las cosas que te agradan, pero también sobre tus olores. Sin discutir, sin acusar. Solo cuenta cómo te sientes. Y hazlo en un clima de confianza y respeto.

Quizás necesites una orientación particular para retomar aspectos de tu vida que necesitan ser atendidos y están allí, esperando una oportunidad. Hablar con un sacerdote, con un diácono permanente, con una persona de fe. También buscar la orientación de un sicólogo. Ellos te ayudarán a sanar, a recuperar fuerzas y alegría.

Y aprovecha, sobre todo, para encontrarte con Dios. Así, como un amigo con su amigo. No solo en la celebración eucarística o en las actividades de la comunidad. Lee su Palabra. Háblale. Reflexiona.

Así tus vacaciones serán, un tiempo para redescubrirte, revitalizarte, amarte. Será un tiempo que has ganado en vida de calidad.