Testigos, más que maestros.

El pasado jueves, día de Corpus Christi, nuestro señor Arzobispo realizó una homilía sencilla y profunda. Y deseo compartir algo que he sentido muy adentro desde ese día.

Monseñor Bretón dijo que solo tiene derecho a hablar quien se sacrifica por los demás. En un ambiente social donde es fácil opinar de todo, aunque no se esté adecuadamente informado, esto deja perplejo a más de uno. Y la perplejidad es mayor, si sumamos que es tiempo de alianzas electorales. De hecho, también se refirió a la política, entendida desde el evangelio, como un servicio extraordinario, oscurecido en la actualidad por aquellos que ven en ella la ocasión de servirse y no de servir. Y habló de Juan Pablo Duarte, Padre de la Patria, quien lo apostó todo por un país de oportunidades y equidad para todos sus habitantes. Recordó a tantas mujeres que, con sacrificio, sacan adelante a sus hijos. Por ellos trabajan, se desvelan. Incluso hay quienes dejan de comer o se sirven mucho menos de lo que su hambre les pide, para dejar a los otros. Muchos padres de familia postergaron sus sueños de juventud por dar alas a sus hijos. Todos ellos no solo han dado: se dieron a sí mismos. Y, paradójicamente, en este darse han encontrado su propia felicidad. “Hay más alegría en dar que en recibir”, atestigua el libro de los Hechos 20,35.

Esto es difícil de comprender. Con frecuencia sentimos que “dar” y, sobre todo “darse” es perder algo o “quedarse con menos”. Los niños pequeños tienden a satisfacer sus deseos inmediatamente, sin tener en cuenta a los demás. 
Y hay personas que crecieron en edad, pero en sus conductas siguen siendo niños, centrados en su pequeño mundo. 

Nuestra sociedad, por demás, propicia un estilo de vida donde todas las necesidades, deseos y sueños sean satisfechos, sin dar espacios a la autodonación, a la entrega de sí. Olvidamos que esta entrega generosa a los demás da sentido a la propia vida. 

Dios nos pensó, nos dio la vida y nos amó primero y gratis. Y como “amor con amor se paga”, la respuesta es la gratitud. Estamos llamados a dar porque antes hemos recibido un don muy grande. El extremo de este amor es Jesús, que dona su vida por amor. La carta a los Hebreos (1,1) afirma que Dios se ha comunicado de manera definitiva con el ser humano por medio de Cristo, el Hijo de Dios. Jesús es la última palabra del Padre, con la que lo ha expresado todo por nosotros.

El don de sí mismo para los demás es la más potente palabra. Nada más poderoso que el ejemplo: una existencia que expresa en lo cotidiano sintonía entre lo que se dice y lo que se hace. La palabra de quien se sacrifica por los demás tiene un peso existencial por sí misma, está cargada de esa autoridad propia de quien es coherente. Necesitamos más gente así: más testigos, que maestros. Elocuentes en el silencio.