Cuaresma: tiempo de oración.

Dios nos ha dejado la oración como vehículo para llegar a él. Así como la comunicación es fundamental en el diálogo con los seres que nos rodean, del igual modo, la oración constituye la base de nuestra fe cristiana. Ya lo dice una frase anónima, refiriéndose a la importancia de la oración, “Si sólo ora cuando estás en problemas… estás en problemas”.         

Porque la oración no es un hospital; que las personas suelen ir exclusivamente  cuando están enfermas. La oración es más que una necesidad, es la respuesta del amor del ser humano  hacia Dios, donde  le expresamos nuestro afecto sincero.

La Cuaresma es propicia para orar, para alejarse de todo, y sentir en lo más profundo de nuestro interior la voz de Dios que nos habla. Porque los estudios, el trabajo, las responsabilidades personales y sociales, pueden distanciarnos de la relación íntima con Dios, y abrir un huevo, un vacío, una brecha, hasta tal punto, que lo lleguemos a ver, como un ser desconocido. Es decir, así como necesitamos los alimentos para vivir, también, debemos orar para llenar nuestra alma de Dios, ya que también nuestro espíritu debe ser alimentado. 

Para orar no hay fórmulas mágicas ni especiales. No es preciso un amplio conocimiento académico. Basta con tener un corazón abierto y dispuesto a escuchar lo que Dios nos quiere comunicar a través del silencio. Acercarse a la oración, es permitir que Dios se haga vida en nosotros. Orar se convierte entonces en ese espacio donde Dios y yo somos amigos, momento en el cual el Todopoderoso no es indiferente a mí, todo lo contrario, se disminuye, se humilla, se debilita. De aquí la expresión: “La oración es la fuerza del hombre y la debilidad de Dios”.

La Cuaresma es tiempo de oración. Sin la oración es imposible entender. Orar en este espacio de cuarenta día, es mostrarle a nuestro Creador, que queremos ser mejores, que no somos lo suficientemente buenos, que queremos cambiar, mejorar aquellas cosas que nos retrasan como personas. Por tanto, la oración es el canal, el vínculo, y la vía para lograrlo. Ahora, solo siendo ser fiel y perseverante en la oración, estará la garantía de que Dios nos escuche, que ponga atención cuando le hablemos, y nos haga saber nuestra realidad personal. En otras palabras, cada vez que nos acercamos a la oración, expresamos con nuestras actitudes que no somos nadie sin la compañía del Maestro.

No deje que esta Cuaresma pase de largo ante tus ojos. Saca un espacio de tu tiempo para orar. Recuerda que la vida tiene muchos agobios, rutinas y realidades complejas, que solo pueden ser vislumbradas con la oración confiada hacia Dios. Por consiguiente, marca en tu agenda, un espacio oportuno para orar y estar en intimidad con Dios; mientras lo haces, integra en tu vida ordinaria la oración de Santa Teresa de Jesús, “Que nada te turbe, que nada te espante, quien tiene a Dios, nada le falta, porque solo Dios basta”.