La Luna y la Aurora.

Si tu quieres comprender a la Virgen María y a la Iglesia también, has de fijarte en el Sol y a Luna.

El Sol tiene luz propia. Igual Jesús. La Luna, no. Tampoco María, y con ella la iglesia, tienen luz propia, pero reflejan la luz del Sol.

Jesús es como el Sol y María, la Iglesia, es como la Luna.  El es brillante como el Sol; ellas son bellas como la Luna.

El sale radiante, como el esposo de su alcoba, contento como un héroe a recorrer su camino; asoma por un extremo del cielo y su órbita llega al otro extremo. Nada se libra de su calor. Ellas, María y la Iglesia, por las noches salen lucientes, como una novia, vestidas del Sol, e iluminan plácidamente la tierra y las oscuridades de la vida, permitiendo ver allí, en la noche, donde era imposible ver cosa alguna.

La luz del sol hace a la tierra un planeta azul. La luz de Jesucristo lo hace también azul: lo hace divino. La luz de la luna hace románticas las noches de la tierra. La luz de María y la Iglesia, las hacen tiernas, como Dios.

O si se quiere también, Jesús es el Sol de la mañana y María y la Iglesia, son la Aurora, que anuncian al Sol.

El es radiante, Ellas lucientes.

El es el Día; lo llena todo. Ellas, la Aurora, María y la Iglesia, desaparecen de la escena, cuando resplandece el Día. Pero vuelven a aparecer lucientes y bellas por la noche en forma de luna.

El poema mas bello.