Meditaciones Sobre los Valores (III)

Me propongo ofrecer, en varias entregas, una serie de meditaciones a partir del Mensaje de la Conferencia del Episcopado Dominicano, titulado “La impostergable urgencia de vivir en valores”, fechado el 27 de febrero de 2018. Considero que en él hay mucho material para reflexionar, para la formación en las escuelas, en las familias y en todos los ambientes del ámbito del territorio dominicano y más allá de él.

Me parece que primero debo transcribir, con toda claridad y literalmente, los 20 valores que trae dicho Mensaje: los 12 del Preámbulo de la Constitución, cuatro que caracterizan a los dominicanos y cuatro más que aparecen entre sombras y luces. Ellos no agotan todos los valores a enumerar, pero ciertamente se refieren a actuales problemas nacionales.

Después de esta transcripción, propondremos algunas reflexiones o meditaciones, que nos parecen pueden ser útiles.

Hoy vamos a tratar los ocho valores que faltan para completar los 20: cuatro que caracterizan a los dominicanos (XIII a XVI) y otros cuatro que aparecen con sombras y luces (XVI a XX).

 XIII

El valor de la alegría
“En término general decimos que somos un pueblo alegre. Ese es un rasgo que aprecian muchos extranjeros que visitan este país: nos reímos hasta de nosotros mismos y por eso vemos la cantidad de chistes que surgen inclusive de situaciones dolorosas. El dominicano hace fiesta donde sea, además, nuestra música nacional, que es el merengue, inyecta alegría en lo más profundo del ser humano. En las mismas escrituras encontramos la invitación constante del apóstol Pablo de vivir alegres: “Estén siempre alegres en el Señor. Se los repito: estén siempre alegres” (Flp. 4,4; 1 Tes. 5,16)”.

XIV
El valor de la acogida y hospitalidad
“Otro valor muy arraigado en la cultura dominicana es que somos hospitalarios; siempre tenemos esa disponibilidad para ayudar a quien lo necesita, abrir el corazón y el hogar al otro, aunque no le conozcamos. Es curioso como uno habla con una persona desconocida y a los pocos minutos de hablar con ella, ya sabemos quiénes son sus abuelos, padres, dónde vive, qué hace, cuántos hijos y hermanos tiene, y por supuesto, los problemas que confronta y al despedirse viene ese fuerte abrazo como si hubieran sido amigos por muchos años. Es de alabar que, a nuestro pueblo le caracteriza el don de acogida a los turistas e inmigrantes que han hecho residencia en nuestro país: españoles, italianos, libaneses, chinos, japoneses, venezolanos, colombianos, ecuatorianos, peruanos, haitianos, puertorriqueños, entre otros”.

XV 
El valor de ser luchadores
“Generalmente somos un pueblo amable, cariñoso y sociable. Muchas veces hasta parecemos que somos ingenuos y que nos dejamos engañar fácilmente porque no tenemos malicia; eso contrasta con ese espíritu rebelde de gallardía, que nos define como gente luchadora y aguerrida, que sabe hacerse presente en situaciones difíciles o cuando la patria reclama de su compromiso. Nuestra historia dominicana está sellada de hombres y mujeres que han vivido con dignidad y han sabido luchar hasta morir, para defender el honor de su soberanía cuando la patria se lo ha reclamado, como lo hicieron Juan Pablo Duarte y los trinitarios, o de aquellos que reclaman el cese de la impunidad y la corrupción a través de marchas y concentraciones”.

XVI 
El valor de ser trabajadores
Este es un pueblo de hombres y mujeres trabajadores; solo tenemos que ver cada mañana cómo se desplazan a su lugar de trabajo y la cantidad de iniciativas y de peripecias de algunos para ganar el sustento de sus hijos. Si echamos una mirada a los hogares dominicanos, entonces nos encontramos con la capacidad de sacrificio motivado por el amor de tantas madres que son ejemplos de dignidad, de entrega y de abnegación total; ellas son las que han sembrado y siembran los grandes valores humanos en nuestra sociedad y en nuestros hogares”.

XVII 
El valor de la honradez
“De cara a este valor, las frases como “dame lo mío”; “no seas tonto, esta es tu oportunidad, no la dejes pasar”; “el hombre vale por lo que tiene”, son frases muy comunes pero que incitan al “virus social” de la corrupción. Otros piensan que lo que funciona es el “peaje”, el soborno, el dar por abajo, y no entrar ahí nos lleva al fracaso. Eso no funciona. Lo que funciona es el trabajo constante, lo que funciona es la creatividad, es emprender, es echar hacia delante, la honestidad, eso sí funciona, pero lo otro, no funciona, aunque se repita constantemente. Por más que se repita, una mentira nunca jamás llegará a ser verdad.
El Papa Francisco recientemente preguntaba: “¿Qué hay en la raíz de la esclavitud, del desempleo, del abandono de los bienes comunes y de la naturaleza?” Y responde: “la corrupción, un proceso de muerte que nutre la cultura de la muerte. Porque el afán de poder y de tener no conoce límites. La corrupción no se combate con el silencio. Debemos hablar de ella, denunciar sus males, comprenderla para poder mostrar la voluntad de hacer valer la misericordia sobre la mezquindad, la belleza sobre la nada”. Y terminaba exhortando: “Pidamos juntos para que aquellos que tienen un poder material, político o espiritual no se dejen dominar por la corrupción” (Intensión de oración del Papa Francisco para febrero 2018, “No a la corrupción”)”.

XVIII
El valor de la familia

“En el caso de la familia, a ella también le han llegado sombras que oscurecen nuestra sociedad. Situaciones críticas internas a la familia, como la dificultad de comunicación y de relación sobre todo entre los esposos, que provocan la fragmentación y disgregación de ella, así como también la violencia psicológica, física y sexual, y los abusos cometidos en familia en perjuicio de las mujeres y los niños, lo cual es un fenómeno lamentablemente no ocasional, ni esporádico, especialmente en determinados contextos y que son parte de esas sombras que le oscurecen. De forma externa, también repercuten en la familia: la pobreza y la lucha por la subsistencia, el consumismo y el individualismo. 11. Hemos visto decrecer en algunos grupos sociales el valor de la familia, y a muchas se les dificulta más el trabajo que a otras. La familia es el lugar donde se transmite la vida y se educa en el afecto, las emociones y los sentimientos. Es el lugar donde el hombre y la mujer son llamados al don de sí en el amor y en el don de la vida (Cf. CiC n. 2207). Allí es donde aprendemos y cultivamos los valores del ser humano como son el amor, el respeto, el trabajo, la sana convivencia, la honradez, la solidaridad, el servicio, la responsabilidad, la cortesía, la prudencia, la disciplina y el ahorro. Revisemos si estamos educando en valores a nuestros hijos o mejor si aún somos testimonio de lo que queremos en ellos, porque hay valores que solo se pueden ver encarnados en las mismas personas. Les invitamos a fomentar el diálogo y la sana convivencia en la familia para entender las dificultades y desafíos de sus miembros. Prioricemos la familia y potencialicemos las vivencias diarias llenos de esperanza, buscando respuestas transformadoras y alegrándonos de los dones recibidos”.

XIX
El valor de la vida

“La vida que es un don divino, y un derecho fundamental (art. 37 CD) es de notar que es imprescindible para tener valores. Debemos volver a recalificar el valor de la vida humana en todas sus dimensiones. No es posible que la infravaloremos al punto de no impresionarnos por los actos de feminicidios sucedidos, y frenar con la educación en valores desde la familia, para preservar la vida y respetarla desde la concepción hasta la muerte natural. Es imposible legislar en contra de la vida misma. El terrible fenómeno del feminicidio, vinculado con frecuencia a profundos trastornos afectivos o de relación, consecuencia de una falsa cultura de la posesión, nos obliga a recordar a San Juan Pablo II, que expresaba: “La mujer no puede convertirse en objeto de dominio y de posesión masculina”. Por el contrario, “la dignidad de la mujer se relaciona con el amor que ella recibe por su femineidad, y también con el amor que, a su vez, ella da”.

XX
El valor de la educación sexual

“En torno a la tan reclamada educación sexual, queremos esclarecer, que la Iglesia nunca ha estado en contra de que la misma se imparta en las escuelas, al contrario, desde hace muchos años, hemos propiciado que se imparta una educación sexual en valores e integral, sustentada en responsabilidades, no exclusivamente en derechos y que su objetivo sea educar para que el individuo aprenda a ser persona en el trato hacia los demás, que tome en cuenta la afectividad y no quiera simplemente utilizar el cuerpo humano como un producto. Es importante que los hijos asuman de modo ordenado y progresivo el significado de la sexualidad y aprendan a apreciar los valores humanos y morales a ella asociados.

Proponemos que la educación sexual refleje valores tales como la intimidad y compromiso exclusivo entre dos personas mayores de edad, del sexo opuesto así nacidas, que deben buscar la satisfacción y la felicidad del otro y la plena realización propia; el propósito de la sexualidad humana como agente de procreación; la promoción de la abstinencia de relaciones sexuales durante la minoría de edad y hasta alcanzar la madurez fisiológica, psicológica, emocional y económica y ser formalizada. La meta ha de ser el matrimonio para vivir en plenitud”.

CONCLUSIÓN

CERTIFICO que he transcrito los últimos ocho valores de los 20 enumerados por la Conferencia del Episcopado Dominicano en su Mensaje del 27 de Febrero 2018.

DOY FE en Santiago de los Caballeros a los quince (15) días del mes de marzo del año del Señor dos mil dieciocho (2018).

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