La familia que aprendió a leer y a escribir.

Primera entrega

Introducción

Gerardo Jansen

Los higüeyanos siempre se preguntaron por qué se puso a su primer liceo el nombre de Gerardo Jansen, nacido en Santo Domingo.

He aquí cómo lo narra y explica Alexander Sax (8 de marzo 2018):

“Cuenta la historia que teniendo él 25 años de edad, se enamoró de una joven a la que él amaba mucho en silencio, pero no podía escribir. Entonces, para poder conquistarla, usó a un amigo para que éste escribiera por él, pero resulta que cuando el amigo vió a la muchacha se enamoró de ella y en vez de poner el nombre de Gerardo Jansen, éste ponía su nombre. Así de esta forma, el amigo conquistó a la muchacha. Cuando Gerardo se dio cuenta de la situación se puso muy triste y sufrió mucho, pero luego se dio cuenta de que eso había pasado por no saber leer ni escribir. Así que en forma de rabia y despecho, ya con mayoría de edad, comenzó a estudiar, graduándose más tarde de educador. Una de sus metas fue la de enseñar a todos los hombres y mujeres que no supieran leer ni escribir. Por este mérito se decidió darle su nombre a la escuela de nivel secundario “Liceo Gerardo Jansen”.

Gerardo Jansen, pues, padre de liceos y escuelas en la República Dominicana, no sabía escribir ni leer. Aprendió por que se sintió engañado y decidió enseñar a otros para que no les pasara lo mismo. Para cuando él muere, año 1914, en Higüey no había escuelas primarias ni secundarias. Solo escuelas privadas y particulares, como la de la Señorita Orfelina Pilier, donde hizo sus primeros cursos, como otros más, Mons. Juan Félix Pepén, primer Obispo de Higüey. Él debió terminar su Bachillerato en el Seminario Menor Santo Tomás de Aquino en Santo Domingo.

He aquí otro hombre y otra historia similar, situada justamente en ese Higüey de principios del siglo XX, sin escuelas primarias ni liceos.

1. Evaristo Carpio

Evaristo Carpio, mi tío abuelo, vivía en Trejos, una comunidad de agricultores a cinco kilómetros de la Villa de Higüey. Quería leer la Biblia. Como no sabía leer, fue a la pequeña ciudad de Higüey a aprender. Así, formado en la lectura, leyó la Biblia, según su deseo. Se propuso, además, enseñar a leer y a escribir a sus hijos y a sus sobrinos, los hijos de mi abuelo, Folo Carpio.

He aquí parte de los resultados y frutos de esta decisión e iniciativa, solo en sus sobrinos, la descendencia de Folo. En cuanto a sus hijos inmediatos, consta que tuvieron una excelente formación académica, que transmitieron a sus hijos, ya nietos de Evaristo.

2. Lolo Carpio, mi tío

Emmanuel Carpio Durán (Lolo), hijo mayor de Hipólito Carpio (Folo), incluye en su hoja histórica de vida el haber sido un comerciante triunfador en el Higüey de los años 40—70 del siglo XX, junto a otros, como su primo, Lalo Carpio (hijo de Evaristo), Fello Castillo, Lilo Cedeño y Luquita Castillo.

De adolescente me enviaban mis padres, al terminar la jornada matutina en la primaria, a trabajar a la tienda del tío Lolo para que “Ramoncito no se volviera un tiguerito jugando pelota o haciendo otras cosas en las calles del pueblo quién sabe con quién”.

Durante esos años (1949-1954), el tío nunca me invitó o llevó a su casa a comer.

Siendo seminarista, viviendo yo ya en Santo Domingo, me invita un día, durante las vacaciones de verano, a almorzar con él. Al llegar al mediodía a su casa, en la calle Juan de Esquivel, me dice: “Antes de comer vamos a hablar”. Nos quedamos en la galería de la casa. Empieza de su parte hacia mí un bombardeo cultural. Recuerdo muy bien sus preguntas sobre Churchill y la Segunda Guerrea Mundial. Gracias a Dios pasé bien esa prueba cultural. Al final me dijo: – “Ahora si podemos ir a comer”.

Descubrí, entonces, la gran cultura que poseía el tío Lolo sin haber pasado nunca por una escuela (no las había), con solo la lectura y la base que le puso Evaristo Carpio.

Además, descubrí que consideraba que no era digno de sentarse con él a su mesa el que no tuviera una cultura parecida a la suya, capaz de mantener una conversación a su nivel cultural. Recuerdo que eso me volvió a pasar muchas veces en la vida.
Concretamente en París: de joven sacerdote fui aceptado en muchas círculos no por el dinero, que no tenía, ni por sacerdote (era aún un recién ordenado), sino por la preparación adquirida en el continuo leer y mis años de estudios.

Soy consciente de que la lectura y sus aportes me abrieron muchas puertas, como la del tío Lolo, comerciante, poseedor de un gran nivel cultural, sin haber ido él nunca a la Escuela. Gracias a Dios, yo, además, pude ir a la Primaria, al Bachillerato, a la Universidad y hacer especializaciones en otras lenguas y países.

3. Mami Nena, mi madre

Empecé a descubrir, en profundidad, el nivel cultural y formativo de mi madre, el día en que, al leer yo la novela Ben-Hur, del norteamericano Lewis Wallace, encontré allí el nombre de Ilderín, nombre que llevaba el jeque árabe que prestó al héroe judío de la novela, Judá Ben-Hur, los caballos blancos para el carro con él que enfrentó en una carrera de competencia al adversario romano Messala, que lo había perseguido y humillado. Era el nombre que Mami Nena había dado al cuarto de mis hermanos, Ilderín, y que no he vuelto a encontrar en nadie más, sino solo en el nieto de éste y otro sobrino más, cuyas madres quisieron hacer la memoria de mi hermano, dándoles su nombre a sus descendientes. Debía yo tener, entonces, unos 20 años. Al regresar de vacaciones del Seminario Mayor a casa, le pregunté:
– Mami Nena, ¿de dónde sacaste el nombre de Ilderin?
Me respondió: – De una novela que leí cuando estaba encinta de él (1944-1945), pero ahora no recuerdo el título.

Traje, pues, entonces, a su memoria el origen. Y caí en la cuenta de que los nombres de otros cuatro hermanos míos más, fueron tomados de obras literarias que ella había leído para la época:

Mercy (1940), Ana María (1942), Héctor (1948) y Antonieta (1950). Cinco, pues, de los nombres de sus siete hijos, llevan un nombre de la literatura universal. Solo un servidor, cuyo nombre, Ramón Benito, fue puesto por mi padre, y la última, la más pequeña, Cándida, lleva el nombre del hermano menor de mamá, a quien ella tanto quería.

Mami Nena, tampoco, pisó una escuela. La enseñó a leer igualmente Evaristo Carpio. Con la base de la sola lectura, aprendió también estas otras cinco tareas de la vida:

1. A escribir. Pero no a escribir simplemente su nombre y firmar una carta para salir de un apuro, sino a escribir poemas y en prosa. Conservamos algunos de sus escritos. Se puede decir que ella era lectora y escritora.

2. A escribir sin faltas de ortografía. Siempre me preguntaba por qué ella, sin haber tomado curso alguno de gramática, escribía sin faltas ortográficas.

A este propósito, recuerdo la anécdota de una joven universitaria, que me contó cómo se acercó a uno de los profesores de su universidad y le dijo que tenía muchas faltas de ortografía y que quería corregirlo. Él le dio solo este método: Lea, lea continuamente. Ella lo hizo. El profesor le dio seguimiento y ella misma vio cómo fue progresando poco a poco. Hoy escribe sin faltas de ortografía.

Mami Nena, pues, sin haber ido nunca a una escuela, escribía sin faltas de ortografía, simplemente, porque leía continuamente.

3. A dar charlas: Daba continuamente charlas y conferencias sobre la familia y los valores humanos y cristianos. Recibía muchas solicitudes al respecto.

4. A hablar en la radio: Mantuvo un programa de radio semanal, en Radio Sol, Higüey, durante unos 25 años. Sus temas preferidos eran los relacionados con la familia. Aun la gente los recuerda.

5. A educar a sus hijos en la lectura: las tardes de domingo, nuestra casa era como un templo, donde se guardaba absoluto silencio y todos los hijos, con mamá y papá a la cabeza, leíamos, al principio “comics” y luego otra literatura. Mamá leía normalmente “Selecciones del Readers Digest”, revistas “rosas” y obras de la literatura universal. Papá leía libros de “cowboys”, Lo hizo hasta los últimos días de su vida. Murió a los 87 años y, junto a su mesa de noche, encontramos todavía siete novelas de “cowboys”.

También nos motivó y buscó recursos económicos, junto a papá, para nuestros estudios hasta el nivel universitario. Todos mis hermanos y luego los hijos de ellos, los nietos de Mami Nena, estudiaron en la Universidad, igual que un servidor.

La que nunca fue a la escuela, pues, tiene una descendencia de universitarios, simplemente porque aprendió y valoró el leer y escribir.

Conclusión

CERTIFICO que cuanto digo en “La Familia que aprendió a leer y a escribir” es fidedigno y hace parte de mis memorias.

DOY FE, en Santiago de los Caballeros, a los diecinueve (19) días del mes de junio del año del Señor 2019.